
El nerviosismo puede presentarse en diversos grados y manifestarse con numerosos signos.
Con respecto a las modificaciones que provoca este estado en el comportamiento, lo más evidente es que los músculos aparecen tensos, como si el individuo estuviese a punto de saltar. Además, se observan rigidez de movimientos, fijeza de ciertas posturas (sobre todo en el cuello) y repentinos cambios de posición. También es habitual que se adviertan gestos automáticos y repetitivo s en la cara y las manos, mientras que los ojos se mueven rápidamente, respondiendo al menor ruido o cualquier otro estímulo, aunque sea lejano.
El individuo habla de forma rápida, con frases breves y respuestas que, en ocasiones, se limitan a monosílabos o incluso a gestos. Su irritabilidad es perceptible en todas las formas de comunicación, tanto verbal como gestual e incluso escrita, y también se traduce en respuestas emotivas que son exageradas con respecto a la entidad de los estímulos que las determinan.
Cuando el individuo trata de disimular su tensión, no logra controlar todos los movimientos y acusa temblor en las manos; la imprecisión en los gestos puede desembocar en torpeza y desencadenar una reacción violenta contra un objeto o hacia otra persona cuya única culpa es la de estar presente. En estos casos, se observan también reacciones físicas, como una súbita sudoración de la frente, las manos o el tronco.
Las reacciones a los estímulos emotivos son excesivas, con accesos de risa incontrolada o bien súbitas e irrazonables crisis de llanto. No obstante, la reacción dominante es la cólera, exteriorización de una profunda tensión nerviosa.
Los trastornos de las funciones cognitivas se traducen en pérdida de concentración y lagunas de memoria que, en algunos casos, inducen al individuo a tomar decisiones que sorprenden a los familiares o a sus colegas.
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